miércoles, 10 de octubre de 2007
César Hildebrandt
Diario LA PRIMERA 19 set 2007, p.4
El libro que podría haber firmado Sofocleto, que podría haber escrito Nicolás Yerovi, que merecería la firma de Federico More, el libro más chistoso de estos reinos y páramos amenazados se titula "Constitución Política del Perú".
Es para matarse de risa.
Dice por ejemplo: "El Estado propicia el acceso a la cultura y fomenta su desarrollo y difusión" (artículo segundo, inciso 2). Carcajada estruendosa. Recordemos los impuestos jamás derogados para los libros.
Dice también este evangelio de comediantes: "El Estado reconoce y protege la pluralidad étnica y cultural de la Nación. Todo peruano tiene derecho a usar su propio idioma ante cualquier autoridad mediante un intérprete" (artículo segundo, inciso 19). Risa zanjuda de Martha Hildebrandt.
Fabula así este mamotreto que supera a Ña Catita: "Toda persona es considerada inocente mientras no se haya declarado judicialmente su responsabilidad" (artículo segundo, inciso 24). Risas de los medios de comunicación cuando reservan la frase "supuesto delito" sólo a los casos que involucran al blanquiñosismo. Porque todos los negros, indios y cholos son, de frente y con foto del Reniec, culpables de lo que la policía tenga a bien.
Más humor de sal gruesa: "Los medios de comunicación social deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural" (artículo 14). Pepe Olaya y Augusto Bressani acataron ese mandato casi al pie de la letra.
Siguen los chistes: "El Estado determina la política nacional del ambiente. Promueve el uso sostenible de sus recursos naturales" (artículo 67). ¡Pero si la única entidad que podía hacer algo al respecto (la Conam) ha sido desactivada por el billetón de los mineros! Y el Inrena sirve para sacar las últimas caobas.
Digno de Camotillo –a la luz de lo de Majaz– es el artículo 68: "El Estado está obligado a promover la conservación de la diversidad biológica y de las áreas naturales protegidas".
Firmable por Carlín es este juramento: "El Estado promueve el desarrollo sostenible de la Amazonía con una legislación adecuada" (artículo 69). ¡Pregúntenle a Carranza y se revolcará sobre la alfombra de puras risotadas!
Pero aquí viene lo mejor:
"El Estado apoya preferentemente el desarrollo agrario" (artículo 88). Chaplin es un adefesio. Groucho Marx es aburrido ante esta epopeya de la carcajada.
Y la cereza en el helado quizás pueda ser esta: "Las Comunidades Campesinas y las Nativas tienen existencia legal y son personas jurídicas. Son autónomas en su organización, en el trabajo comunal y en el uso y la libre disposición de sus tierras, así como en lo económico y lo administrativo, dentro del marco que la ley establece. La propiedad de sus tierras es imprescriptible, salvo en el caso de abandono previsto en el artículo anterior. El Estado respeta la identidad cultural de las Comunidades Campesinas y Nativas" (artículo 89). ¡Peligro de ahogamiento por tanta risa!
La Constitución del Perú es un libro de humorismo involuntario, cinismo en ristre, sarcasmo por toneladas. Es el libro más chistoso que se haya escrito en la literatura peruana. La Constitución del Perú debería llevar la firma del Guasón.
martes, 28 de agosto de 2007
Poesía:
Por las miradas invisibles.
Por el silencio que aguarda.
Por el cielo que cae siempre.
Por los ríos que nunca cruzaron
el sueño de los poetas.
Por las tardes y sus rumores.
Por el aire delgado y el cisne secreto.
Por las lágrimas guardadas para este día.
Por la grieta donde cayó un grito.
También por los llantos y sus
tatuajes diminutos.
Por el fuego desgarrado de una amapola.
Por la aguja que penetra en el agua (sin gemir).
Por el olvido que escribí sobre
las arenas y los tallos sin hojas.
Por ti…
Por las lluvias intactas.
Poesía, por los siglos que faltan.
XV
Un breve momento
Para pensar en ti
Un breve espacio para pensar en la oscuridad
Una breve palabra de amor
Algo así como: luciérnaga mía.
Un sorbo de agua mineral
Un farolito para el invierno.
Toda la vida
Para decirte adiós.
XVI
Y lo último que queda
Tus ojos
Lo último que recuerdo
Tus ojos
Ojos, ojos
El mundo ve por tus ojos
Miro tus ojos
Veo el mundo.
Edwin Ticona. (Ilave, 1969) A veces firma como Erdi Flores. Es docente de educación primaria y hasta que lo perdimos de vista había concluido sus estudios de Derecho en la UNA Puno. No pensaba publicar nunca ningún libro.
jueves, 23 de agosto de 2007
Terremoto en nuestro país
Cuando tiembla la tierra somos nadie, más ínfimos que nunca, más anecdóticos que siempre. ¿Valía la pena tanta vaina si en cualquier momento podemos morir de cornisa? ¿Y esa batalla, que parecía magna, no es mezquina a la luz de esta reventazón subterránea que nos pone a tiro del miedo? Como si la tierra nos dijera, pero a gritos: recuerden lo que son, pobres diablos. Y hasta los que creemos en el agnosticismo nos preguntamos, con la boca a media caña, si no será que hay alguien que quiere castigar lo brutos que somos, lo imbéciles que somos, lo sanguinarios que somos, lo reincidentes y malévolos que nos gusta ser.
Ondulan los asfaltos (no se incendian, como en el poema de Moro), los vidrios chillan y el retrato de mi abuelo se cae de una mesa y la mujer hecha de tuercas que compré en Artco aparece en el suelo, como si alguien hubiese querido abusar de ella, y mi perra vuelve a morir lanzándose en retrato desde una repisa de la cocina. Un largo minuto y medio de meneo grandioso, de polvo colosal. Fueron muchísimos segundos de obscenidad entre placas que se frotaban y olones que lo festejaban, todo bajo el cielo de Chincha y a costa, como siempre, de los más pobres. Porque los terremotos casi sólo matan o arruinan a los pobres. La escala de Richter no mide la intensidad de un movimiento sino el carácter medio aristocrático de las tembladeras.¿Siete punto cinco en la escala de Richter? –pregunta un jefe de redacción. Y de inmediato despacha sus equipos al Agustino, a Villa María del Triunfo, a Vitarte, donde reinan la quincha y los palos cruzados, el adobe con remiendo o la lata, el techo aligerado cuando hay plata, la madera de rebusque, la viga de demolición. Allí vibra la noticia, digamos.Los extremos se tocan. Donde hay concreto el terremoto es sólo espanto. Y donde hay estera no hay daño posible: esa pobre gente vive como después de un terremoto crónico, el terremoto de la miseria sin chorreo, el maremoto de las leches aguadas. Esas pobres gentes no tienen nada que se les pueda caer y podrían resistir un sismo de grado 10. Alguna ventaja tiene que dar el hecho de morir cada día en las fenomenales dunas de Lima.El terremoto de 1687 destruyó la pequeña Lima de aquel entonces. Pequeña es un decir: contaba ya con 67 iglesias y sus respectivos campanarios. Todo se vino abajo.El libro de Enrique Silgado y Alberto Giesecke cuenta que fue el virrey Melchor de Navarra y Rocafull, duque de La Palata, quien la reconstruyó.Pero en 1746, como si de maldición se tratara, otro enorme sismo, en combina con un maremoto, la trajo abajo nuevamente. Fue el virrey José Manso de Velasco quien se encargó de levantarla por segunda vez.
Las crónicas del padre Murúa repiten la historia oral del terremoto que desapareció Arequipa durante el reinado de Túpac Yupanqui (1471-1493), cataclismo de origen volcánico causado por la erupción del Misti.Somos tierra de terremotos. No teníamos uno desde 1974. Treinta y tres años después de ese episodio –ocurrido un 3 de octubre, el día que Velasco celebraba como el día de su revolución– el suelo nos recordó anoche que estamos en el cinturón de fuego del Pacífico –donde se produce el 75% de los grandes sismos– y que, al frente de nuestra costa central, los acomodos de las profundidades, los viajes de las placas continental y de Nazca, desatan porciones de energía difíciles de imaginar. Giesecke afirma en su famoso libro sobre la sismicidad en el Perú que el total de terremotos producidos cada año por las diez placas del planeta Tierra equivalen a una explosión de 120 millones de toneladas de dinamita –algo que está por encima de cualquier cálculo termonuclear–.
Mi teoría –extremista, desde luego; imposible de probarse, por supuesto– es que la Tierra está harta de tanto idiota hablando de globalización.
miércoles, 22 de agosto de 2007
Poema de Mario Benedetti
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
INCOMPLETAMENTE
Por JUAN GELMAN
(Seix Barral)-76 páginas
¿PUEDE la poesía modificar la realidad? ¿Puede tener acción concreta? Si bien la sospecha afectó a Platón y a la gente "seria" que vino después, nadie pensó hasta ya entrado el siglo XX que el poema fuera más efectivo que una bala de goma.
Para muchos hoy la "nobleza" de la poesía, resumida magistralmente por Wallace Stevens como "una violencia de adentro que nos protege de una violencia de afuera" no sería suficiente. Nunca la fuerza de la imaginación haría mella en el curso de las cosas. Centrada en esta denuncia, la puesta al día de un Seamous Heaney, por ejemplo, realzará la capacidad instrumental de la poesía para revertir situaciones de desequilibrio (social, político, étnico, sexual), convirtiendo al poeta en "prototipo de una acción que gana peso en proporción directa a su inmediata nulidad práctica". Lejos de adjudicarse la palabra plena, el poeta juega (se juega) como "testigo" en lo precario, donde su "testimonio", por escaso y solitario que parezca, gravitará.
"La poesía -así dice Heaney- tiene que ser un modelo de conciencia activa. Tiene que ser capaz tanto de resistir como de afrontar y, para hacerlo, debe contener dentro de sí las coordenadas de la realidad que la comprende y la genera. Cuando contiene estas coordenadas, deviene un poder al que nos cabe recurrir." Entre nosotros, Juan Gelman personifica ese "compromiso moral" más allá del "santuario de la forma" en una escritura encarnada que jamás se sale de contexto. La poesía debe dejar constancia de silencio y fracaso, ya que "fracaso" no significa callejón sin salida, o sea tomar silencio por mudez, sino sentimiento de la propia contingencia. La palabra -con San Juan de la Cruz- dice lo que dice y a la vez dice lo que calla. De ahí que, le gusta añadir al argentino, "también calla lo que dice".
En este punto preciso hace ruido en la boca el carozo de Incompletamente: "La palabra que calla lo que dice/ es alterado fuego/ al pie de vida".
El carozo resume la gestación de los sonetos contada in extenso en diversas oportunidades por el poeta: cómo corrigiendo un soneto no logrado obtuvo un soneto diferente, y cómo corrigiendo este segundo -que tampoco terminaba de convencerlo- un tercero, y así sucesivamente. "Todo lo cual me confirma que de un poema, de los silencios de un poema, que son enormes, uno puede extraer otras palabras, que a su vez crean otros silencios."
Atraído por los italianos medievales, en especial por Guido Cavalcanti, Gelman reitera el proceso de formación de sonetos en los poetas toscanos, para cuyo oído constituían a lo sumo "la musiquita" que sale de malograr una pieza mayor. Ezra Pound describe bien el trance: "El soneto no fue una gran "invención` poética. El soneto acaecía automáticamente cuando un tipo empeñado en hacer canzone se empantanaba. Su "genio` residía en reconocer que a él la materia se le había agotado".
En el caso de Incompletamente la materia también se agota, pero la palabra, como no pretende ser aparte algo distinto y pleno, la renueva articulando su extinción. Trabajar la falta: no es otro el hallazgo del poeta. Cuando Gelman habla el silencio que lo afecta, calla eso que habla (nuestro país trágico).
Esta proeza de desliz entre "materia" y "modo" -para, en definitiva, resignificar que todo es uno- sólo puede llevarla a cabo con eficacia el dolor en carne propia de un miglior fabbro: él sabe cómo una materia fantasmática se modula al desaparecer, y deja testimonio. "¿dónde indican las luces/ que todo fue nomás sombra de pájaro/ no pájaro/ sonido/ de agua sin agua?"
María Victoria Suárez
viernes, 17 de agosto de 2007
Mis ojos desatados en nubes alargadas
Mis manos que exhiben un corazón de cernícalo
Mi cabeza que tiene la forma
De un país agujereado por el miedo y la tristeza,
De vez en cuando muestra
A sus arcángeles y demonios escarlata
Y siempre que puede inventa una columna de humo
En señal de bienvenida o despedida.
Nota bio/bibliográfica.
Luis Pacho (Laraqueri-Puno, 1969).
Es profesor de educación secundaria y abogado por la Universidad Nacional del Altiplano de Puno. Tiene publicado el poemario Geografía de la Distancia (Arteidea, 2004). Actualmente codirige la Revista de literatura PEZ DE ORO y la Revista de Cultura y otras rarezas OJO DE SAURIO. Obtuvo el Primer Premio en los VI Juegos Florales de la UNA de Puno en el 2001.
Publicado por Martín Zúñiga:: 9:45 PM ::