De doctores y magísteres
Por Gabriel Apaza
“José Luis Velásquez Garambel (1980), Maestría en Interculturalidad (UNA-Puno), Investigación Científica (UNFV-Lima) y doctorado en Ciencias Histórico Sociales (UNSA-Arequipa), ha sido profesor invitado de la Universidad Nacional del Altiplano en los cursos de literatura Antigua y Contemporánea (2005), del mismo modo en la Universidad Privada José Carlos Mariátegui – Moquegua (2005).”
“Walter Paz (19¿?) Vagamundo y trota-ríos, trota-lagos y trota-mares. Maestría en la nada, doctorado en todo. Invitado a fiestas andinas, siempre.”
Éstas son las reseñas autobiográficas firmadas por lo propios articulistas de este diario. El primero apareció antes. Así que podría interpretarse como una provocación el segundo. Provocador de raza se me ha ocurrido firmar mi próximo escrito como analfabeto, eterno repitente en el tercer grado de educación básica y asceta alcohólico propietario de dos ruiseñores y un hijo maravilloso. Pero me dije que eso, a pesar de sus verdades sería el colmo de la soberbia.
En realidad, conozco a los dos escribientes y es fácil formarse una idea de lo que pretenden con estas declaraciones. Pero esas motivaciones intra, infra, sub-personales no me interesan tanto como sus actitudes sociales. Entre ellos existe una diferencia cronológica de 10 años pero todo indica que algunas costumbres viejas no las ensalza precisamente el más viejo de ellos.
Los editores siempre nos complacemos que en nuestras páginas aparezcan textículos de “connotados” escritores y cuanto más prontuario, digo títulos, arrastren mejor. Que yo sepa ninguno de los dos ha obtenido todavía el grado de Magíster (debía estar entre los invitados ¿no?) y no sé que logran colocándose rótulos rimbombantes. En mi caso, por ejemplo, lector de sangre, difícilmente puedo terminar el asedio a sus textos.
Pero la sutil provocación de Walter Paz me pone sobre la mesa el debate de si necesitamos más magísteres y doctores para –cuanto menos- hacer que sus opiniones y mensajes lleguen con mayor énfasis. Sucede que hay mucha gente que con el cuento que nos hallamos en la Sociedad de la Información (de la desinformación será más bien) han convertido en un negocio nocivo la proliferación de la educación superior vendiéndonos la idea de que si no optamos tales o cuales títulos quedaremos rezagados entre los parias del mundo.
Pero bajemos a la tierra y nos daremos cuenta que esos títulos no sirven sino para acomodarnos mejor en la burocracia estatal. Ganar más plata sin hacer casi nada y eludir la pobreza, la miseria, el desamparo, la soledad y la frustración de nuestros compatriotas que malviven a nuestro alrededor.
Es cierto que los desvalidos entregan todo de sí para que sus hijos logren sumar mayores títulos y hasta a veces no tienen otro fin en la vida como no sea esa –bailar y chupar en la Candelaria solo los fortalece-. Pero una vez logrado aquel sueño ven a sus hijos convertirse en un ser extraño: el que se mira al espejo y se arrepiente de su color, consecuentemente de sus padres, que sueñan con algo que jamás alcanzarán: ser blancos y ricos. Pero esos viejitos se mueren felices. Por los menos han logrado que los hijos suban un peldaño en la escala social: ya son pequeñoburgueses. Estos a su vez trabajarán y lucharán soñando que sus hijos pasen a formar parte de la burguesía.
Trataré de demostrar en otro artículo que la nueva forma de asistencialismo que los dueños del planeta y sus intermediarios en el país están implementado son precisamente los pos grados, masterados y doctorados. Si antes nos regalaban aceite y harina ahora nos regalan títulos. No creo que alguien en Puno se encuentre en capacidad de desmentir que en los últimos años lograr esos grados son relativamente fáciles: ¿magísteres y doctores de cursos de fin de semana? Para reírse.
Como dije antes, un buen columnista no mencionará sus cartones: los probará. No nos pretenderá amedrentar con sus grados: tratará de probar sus tesis. Y lo fundamental, después de tanto estudio escribirá bien.
miércoles, 8 de agosto de 2007
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